Es algo que nos suele pasar a todos: la infancia parece infinita y conforme vamos cumpliendo años el día a día comienza a volar. Pasan los días y las semanas como si nada. No se trata de nostalgia ni de exageración, puesto que según investigaciones científicas recientes muestran que nuestra percepción del tiempo se transforma con la edad por razones muy concretas. La clave no se encuentra en el reloj ni en el calendario, sino en cómo el cerebro registra las experiencias, almacena recuerdos y procesa la rutina diaria. En la adultez, las semanas tienden a parecerse entre sí, los estímulos se repiten y las emociones pierden intensidad: los meses pasan sin demasiadas huellas claras para la memoria.
Según la cronobiología, la disciplina que estudia cómo los seres humanos perciben y organizan el tiempo, se explica que no vivimos el tiempo de forma objetiva. Existe un tiempo físico, medible, y otro subjetivo, ligado a la experiencia. Este es el que se acelera con los años.
En la infancia se registran más detalles
Durante los primeros años, casi todo es nuevo: lugares, personas y experiencias que activan con fuerza los sistemas de atención y memoria. El cerebro registra más detalles, crea recuerdos más densos y, al mirar hacia atrás, ese periodo parece extenso. En la vida oculta ocurre todo lo contrario, la repetición reduce el impacto emocional de lo cotidiano, cuando una experiencia no sorprende se recuerda menos. Y cuando hay menos recuerdos diferenciados, el tiempo se percibe como más corto.
La novedad funciona, sin que nos demos cuenta, como un reloj interno. Cuantas más experiencias diferentes acumulamos, más largo se siente el periodo vivido. Cuando la rutina domina, los días se fusionan unos con otros y el calendario parece avanzar a toda velocidad.
La memoria, una función determinante
La memoria reciente juega un papel clave en este fenómeno. Muchos adultos suelen recordar con nitidez episodios de su infancia, pero tienen dificultades para reconstruir lo que hicieron la semana pasada. Esa falta de hitos claro provoca que los días se compriman en el recuerdo.
La rutina refuerza ese efecto. Jornadas similares, horarios repetidos y entornos previsibles hacen que el cerebro deje de distinguir un día de otro. En cambio, las situaciones excepcionales, un viaje, un cambio de escenario, una respuesta inesperada, expanden la percepción temporada incluso en la adultez.
No es casualidad, por tanto, que al volver de unas intensas vacaciones, muchas personas sienta que pasaron muchas cosas en pocos días. El cerebro volvió a registrar detalles, emociones y contextos distintos y eso alarga la experiencia subjetiva del tiempo.
Así se ejercita el cerebro para estirar el tiempo
La buena noticia para todas las personas a las que se les ocurre esto es que la percepción del tiempo no es fija, puede entrenarse. Desde la cronobiología se proponen estrategias simples pero efectivas, para desacelerar ese reloj interno que parece desbocado.
Introducir novedades es el primer paso. No hace falta un cambio radical: aprender una habilidad, modificar una rutina diaria o probar algo distinto activa los mecanismos de atención. También marca la diferencia prestar atención consciente al presente: comer sin distracciones, escuchar sonidos del entorno o concentrarse en una sola tarea fortalece el registro de la experiencia.
La creatividad también cumple un rol similar. Escribir, dibujar o crear algo nuevo favorece la inmersión total en el movimiento. Lo mismo ocurre con el contacto con la naturaleza: observar el cielo, el mar o los movimientos de animales reduce la sensación de aceleración constante.
Incluso el revivir recuerdos tiene un efecto concreto: mirar fotos, escribir memorias o reconstruir momentos significativos ayuda a expandir la sensación de tiempo vivido, porque ayuda a reforzar la narrativa personal de los días.
