LA CONTRACRÓNICA
Alejandro Gálvez, granadino de nacimiento pero rayista de corazón se hizo profesional en Gijón, a las órdenes de Manolo Preciado. Se enamoró de la gente , de la playa de San Lorenzo y de esa lluvia constante pero fresca en un lugar más verde que su hábitat natural. Un buen día Manolo le sorprendió, embobado, mirando un campo de Mareo y el orbayu que apenas se ve pero empapa. Le dió un manotazo en la espalda y le dijo «pareces en el París de Molière«. Gálvez le miró sin entender y se informó sobre el particular hasta hacerse un experto.
Años más tarde, tras conocer la regen alemana y la sequía vallecana se acordó de aquel día en Mareo. Llovía intensamente en Montilivi y en el paseo, en el vestuario, en el calentamiento y antes de chocar manos para empezar el partido contra el Girona le habló a sus compañeros del parisino Molière, de sus obras, de sus personajes, de sus moralejas y de su avanzada moral para el siglo XVII. No sabía él que su partido y el de algunos compañeros suyos sería un gran homenaje a Jean-Baptiste Poquelin.
La lluvia no cesaba, todo lo contrario. Mediada la primera parte, en un lance que nadie vio, Portu, que pese a llamarse Cristian Portugués no había visto portería en toda la liga, palmeó en la espalda a Jordi Amat primero y a Alex Gálvez después al grito de «Ánimo Moliére, aquí hay una buena comedia«. Gálvez no podía creer que Portu hubiese visto «Las preciosas ridículas» y entró en trance al igual que Amat, que en la siguiente jugada encarnó a «El burgués gentilhombre» y cedió amablemente el balón a Portu, éste a Lozano que enloqueció al ver que el balón era de Alberto y Gálvez , le agarraba de la camiseta. El penalti fue anotado por Portu y señalado por el árbitro, en palabras del propio Gálvez, «El misántropo». Mientras todos se lamentaban, Gálvez se acordó del «Tartufo» , se sintió poderoso con el balón en los pies y quiso engañar a los rivales como buen impostor sacando el balón por abajo.Vio que la valla era más alta que la de Teniente Muñoz Díaz. que no podría sacarla por encima y prefirió no arriesgar. No se sabe cómo pero diez segundos después el balón yacía de nuevo en las mallas vallecanas. 2-0.
Llegó el descanso y Michel representó con los jugadores su preferida de Molière, «El médico a palos«. Los hombres de negro y dorado salieron al campo de otro modo hasta que Gálvez, ansioso de homenajear a su dramaturgo favorito representó su obra preferida «El avaro» y marcó el gol franjirrojo para demostrar que el partido, y todo lo que pasaba en él era suyo y solo suyo.
Luego Michel ,buscando el empate quitó a su mejor delantero, quizá representando «El atolondrado o los contratiempos» y el Rayo se fue diluyendo. En un último giro del drama , Alex Alegría fue abrazado en plan «El casamiento forzado «, pero el trencilla quiso ver «El enfermo imaginario» y no señaló , para pena máxima la idem, y el VAR no apareció para solaz del «Anfitrión«.
Terminado el partido y pensando en esta crónica me acordé de una frase, como no de Molière, que resume lo vivido en Montilivi «No se ven los corazones«.
