Me propuse retomar el inglés y estoy cansado de Duolingo. Me propuse salir a correr a diario y me lesioné. Me propuse mejorar en las crónicas de los días en que once franjirrojos defienden su escudo y su barrio y el folio en blanco se hizo gigantesco.
Los buenos propósitos a veces se convierten en un lastre. A veces hacer disfrutar tanto con la victoria a los tuyos se convierte en una carga. El Rayo Vallecano está angustiado y eso fue lo peor del empate, aún no grave, de los de Íñigo Pérez ante el Getafe.
Lo de salvar al equipo de la quema y convertir Vallecas en la gozadera fue mérito de Andoni Iraola. Lo de convertirlo en europeo sin un goleador una heroicidad de Iñigo Pérez, que más pronto que tarde tendrá un cero más a la derecha en su cuenta bancaria.
El Rayo intentó ganar, de verdad que lo hizo en la primera parte y lo hizo. Bloqueado, estorbado por otro milagrero, el único entrenador del mundo al que le das un equipo con medio profesionales y te lo convierte en el Goteborg de Sven Goran Eriksson, José Bordalás al que aborrecer en el estilo y respetar en el resultado, buscó las fórmulas habituales como la habilidad de Álvaro o de Ratiu, la profundidad de De Frutos, alguna llegada de Camello o el ingenio de Isi pero aquello no habría terminado bien si no hubiese sido por la fe y el talento de De Frutos, regalo absoluto su regreso para la grada, el pase malévolo de Unai López y la intervención del arquero visitante que cantó «Camino Soria» a la volea de Jorge que fue como la espita recibida por Katniss Everdeen para sacar savia o agua en «Los juegos del Hambre».
Porque esto puede convertirse en los juegos del hambre. El Getafe, con la necesidad de hacer gol pero sin la espita de Katniss (ni nada de nada, todo hay que decirlo) adelantó líneas pero en ningún momento ni a nadie de las más de diez mil personas en Vallecas les pareció que aquello podría ocurrir. Los jugadores de Íñigo buscaron su camiseta de manga corta para recuperar la osadía y el arrojo habitual pero encontraron una manga larga que los desconcertó. En la grada y en la cancha se sintió el frío y la franja retrocedió. El Getafe quiso acercarse pero sólo encontró el área en una falta botada (alerta spoiler) por Luis Milla. De un modo totalmente incomprensible los jugadores del Rayo sintieron el balón cuadrado, no lograron combinar, se acogotaron solos y fueron cometiendo errores hasta el final de Mendy. Nobel, con un prometedor arranque para un novel se equivocó en Elche con aquella desgracia ante Fort y nos volvió a recordar que la potencia sin control no sirve de nada. Agresivo, convirtió una anticipación defensiva en un guantazo a un jugador rival y la falta de Milla fue pelota teledirigida a la cabeza de Arambarri y puñal en el corazón del fondo rayista que vio con impotencia que se iban dos puntos más por temor que por acierto del rival.
Por Reyes regalo, tarde en Granada de copas. A recuperar la ilusión, chavales.
